Rafael Díaz Blanco: Globalización en la Carta Encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco
Rafael Díaz Blanco: Globalización en la Carta Encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco
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Segunda ponencia en la XIV Cuarta Semana de la Doctrina Social de la Iglesia

 Este lunes 01 de Marzo estuvo a cargo del Dr. Rafael Díaz Blanco, miembro del Foro Eclesial de Laicos y del Consejo Técnico del Centro Arquidiocesano de Estudios de la Doctrina Social de la Iglesia.

 Ponencia completa:

 Hermanos Todos: En primer lugar, debo agradecer a la Arquidiócesis de Maracaibo, a la Universidad Cecilio Acosta, al Centro Arquidiocesano de Estudios de la Doctrina Social de la Iglesia y al Foro Eclesial de Laicos, promotores de esta XIV Semana de la Doctrina Social de la Iglesia por permitirme compartir con Uds. Quisiera reconocer en nuestro querido padre Andrés Bravo y en Guillermo Yepes Boscán el esfuerzo de muchos durante 15 años por mantener estos encuentros anuales.

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Nos toca exponer sobre la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco en un momento en que nuestra patria sufre y va tomando conciencia de la importancia de la solidaridad internacional. El mundo de hoy Afirmaba el Concilio Vaticano II que «Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad… constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente».

Desde el comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad. «A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un pacto en el monte Sinaí» (GS 32, p.17). Vivimos en un mundo cada vez más complejo e interconectado donde la interdependencia entre las personas se multiplica hasta incluir a buena parte de los habitantes de la tierra. Es el resultado de nuestra indigencia y naturaleza social. Con el devenir de los tiempos, los problemas y las necesidades comunes que nuestro desarrollo personal exige son mayores. Las distancias entre los hombres disminuyen, las comunicaciones aumentan.

El proceso de socialización va determinando la formación de sociedades y comunidades cada vez más amplias y diversas para atender las necesidades colectivas. Hoy como ayer, seguimos requiriendo del otro para la satisfacción de las necesidades comunes, sin embargo, muchas veces nuestros encuentros terminan en una relación de dominación.

Entre el ayer y el hoy, la diferencia es que siendo mayores y profundas nuestras necesidades e intereses comunes, mayor es el número de personas asociadas cuyo concurso es indispensable para su satisfacción. La globalización1 En el mundo que hoy se desarrolla con variadas dimensiones políticas, sociales y culturales un proceso económico, para algunos muy antiguo, llamado globalización.

2 Esta transformación multidimensional, que debidamente ordenada y orientada pudiera significar el comienzo de una nueva época, ha causado cambios acelerados y profundos, de grandes repercusiones, en todos los ámbitos de la vida humana y particularmente, aunque no exclusivamente, en la economía, el comercio, las finanzas, el trabajo, las comunicaciones y la cultura.3 Se ha abierto una nueva época de la humanidad.

La globalización es el tercero de los desafíos de nuestro tiempo señalaba el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (16, p.16-17). Doctrina Social de la Iglesia De esta realidad como cualquier otra que afecte a la humanidad se ha ocupa la Iglesia. Afirmaba san Pablo VI (ES 44, p.26) que «todo lo que es humano tiene que ver con nosotros».

La Iglesia desde siempre ha venido reflexionando y promoviendo un humanismo integral y solidario. Este pensamiento apegado a la idea cristiana de la unidad del género humano, de la igualdad de su destino, contiene criterios de juicio y principios de reflexión y acción renovados constantemente, por cada Papa,4 de acuerdo con las circunstancias cambiantes de la historia (CDSI 7, p.15).

El cristianismo es una fe universal abierta a todos los pueblos y personas, sin discriminación alguna. Nos dice San Pablo: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28; cf. Rm 10,12; 1 Co 12,13; Col 3,11). (CDSI 144, p.53). Nuestro propio calificativo de católico quiere decir universal. 5 Nos ha dicho el Papa Francisco que “católico” significa «identidad cristiana llamada a encarnarse en todos los rincones, y presente durante siglos en cada lugar de la tierra» (FT 278, p. 74). También ha manifestado que la Iglesia no «puede ni debe quedarse al margen» en la construcción de un mundo mejor ni dejar de «despertar las fuerzas espirituales» que fecunden toda la vida en sociedad» (FT 276, p. 73). Las encíclicas sociales se han ocupado siempre de los problemas mundiales.

En el pasado pudo prevalecer una visión eurocéntrica. A partir del Concilio Vaticano II la perspectiva universal se impone. Advertía el Concilio que «la interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen que el bien común…6 se universalice cada vez más, e implique derechos y obligaciones que miran a todo el género humano.

Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana» (GS 26, p.12). Mientras «más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero» (GS 30, p.14). San Juan XXII en Pacem in Terris (11/04/1963) nos habla de los poderes públicos de la comunidad mundial, llamados a «examinar y resolver los problemas relacionados con el bien común universal en el orden económico, social, político o cultural» (CDSI 95, p.41). Proyecta el principio de subsidiariedad al plano universal y plantea la necesidad de una autoridad política de alcance mundial (Rodríguez 1990, p.17).

San Pablo VI en Populorum Progressio (26/03/1967) se refiere a los problemas del desarrollo y san Juan Pablo II en Centesimus Annus (01/05/1991) nos recuerda que la promoción de la justicia nos exige tener conciencia de que «no se trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano»” CA 58, p.47).

Benedicto XVI en Caritas in Veritate (29/06/2009) utiliza el término globalización y sostiene que alcanzar el bien común universal requiere de una autoridad política mundial, de un gobierno global regulado por el derecho y sometido a los principios de subsidiariedad,7 solidaridad8 y división de poderes, para alejarla de un peligroso poder universal monocrático. Además de ser reconocido por todos, debe gozar de poder efectivo y estar comprometido con el desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad (CV 39, p.57).

Hace casi una década el pontificio Consejo Justicia y Paz se pronunció por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la prospectiva de una autoridad pública con competencia universal (PCJP, p.15-16). Por su parte, los obispos latinoamericanos y del Caribe proponían la construcción de «institucionalidades democráticas fuertes desde lo local a lo global, aportando así a la construcción de una ciudadanía universal comprometida con el trabajo por el bien común global» (CELAM, p.). Fratelli Tutti.

Sobre la fraternidad y la amistad social9 Desde Asís, el Papa Bergoglio inspirado nuevamente en san Francisco10 nos propone en Fratelli Tutti, una dimensión universal del amor fraterno, un nuevo sueño de fraternidad y amistad social para transformar un mundo cerrado, lleno de sombras, en uno abierto, lleno de luz (FT 6, p.12). Destaca el consejo del “poverello” «donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y el espacio… y declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él» (FT 1, p.1).

Para Francisco el amor debe manifestarse también en «las macro-relaciones… sociales, económicas y políticas» (FT 181, p.48). Expresa su deseo mundial de humanidad y con un discurso de amor al prójimo nos invita a tener un corazón abierto al mundo entero, a juntos «aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad», a caminar con esperanza hacia una única humanidad con una paz real y duradera sólo posible «desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana» (FT 127, p. 34).

Señala que «el número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra […] comparten un destino común» (FT 96, p.26). Cuando leíamos la encíclica y sus planteamientos de amistad social sentíamos el llamado a reenfocar nuestra vida social y política. Constábamos como los innumerables problemas de la patria se reflejaban en la encíclica. Pensábamos en lo común que se ha hecho en los círculos políticos y en la conversación cotidiana de hoy la creencia, con fuerza casi dogmática, según la cual los estados no tienen amigos, sino intereses.11

Nos recuerda el viejo contraste entre Maquiavelo y Tomás Moro, entre la ética y la razón de estado, entre la realpolitik y la política con ideas y principios que diferencia entre los legítimos intereses de la persona y de los pueblos y los que no lo son. La fraternidad Frattelli Tutti expresa el valor fundamental que Francisco le atribuye a la fraternidad. Nos dice que la amistad social «es condición de posibilidad de una verdadera apertura universal» (FT 99, p.26), camino que supone «percibir y reconocer el valor del ser humano siempre y en cualquier circunstancia» (FT 106, p.28).

Para el Papa «lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite» (FT 1, p.1). Se trata de una fraternidad que promueve la libertad y permite la igualdad. Indudablemente, pudiéramos romper con una realidad muy frecuente casi pendular, si logramos impedir que el ejercicio de la libertad se traduzca en aumento de la desigualdad y que una mayor igualdad signifique pérdida de la libertad. Valorización de la globalización La globalización -nos había dicho Benedicto XVI (CV 42, p.28) «no es, a priori, ni buena ni mala. Será los que la gente haga de ella».

El Papa Francisco reconoce los avances en la ciencia, la tecnología, la medicina, la industria y el bienestar, sobre todo en los países desarrollados, pero «constata un deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad» (FT 29, p.8).

Afirma que no advierte «un rumbo realmente humano» (FT 29, p.9). Critica el estilo de vida consumista (FT 39, p.11) y observa que «los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas… impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada… que olvida que estamos todos en la misma barca» (FT 30, p.9). Francisco reconoce el aumento de la riqueza, pero también de la inequidad. Es una distribución asimétrica que es fuente de violencia. La pobreza se mide con criterios que no se corresponden con la realidad actual Advierte que «nacen nuevas pobrezas» (FT 21, p.8). Gana la globalización en promedio, pero esconde una gran variedad de beneficiados y perjudicados.

Cuestiona el avance del globalismo que favorece a los más fuertes y perjudica las identidades de las regiones más débiles y pobres, que se hacen más vulnerables y dependientes (FT 12, p.4). Aboga el Papa Francisco por una sabia comunicación humana que permita la reflexión serena, que nos lleve a la sabiduría (FT 49, p.13). Hace referencia a las noticias falsas y a la desinformación como males sociales peligrosos, causantes de radicalismos y separación entre los seres humanos (FT 45, p. 13). Nos dice que «la sabiduría no se fabrica con búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se madura en el encuentro con la verdad». Añade que «la libertad es una ilusión que nos venden y que se confunde con la libertad de navegar frente a una pantalla.

El problema es que el camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales» (FT 50, p.14). El Papa Francisco señala que no hay «modo de resolver los graves problemas del mundo pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos» (FT. 126, p.33). Sostiene que ningún Estado nacional está en condiciones de asegurar el bien común de su propia población aisladamente (FT 153, p.40).

Francisco valora positivamente los avances del pasado en la integración latinoamericana y en la Unión Europea (FT, 10, p.3), pero ve «sueños que se rompen en pedazos» cuando advierte las «tendencias del mundo actual que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal» (FT 9, p.3). El Papa Francisco reconoce «con dolor que al proceso de globalización le falta todavía la contribución profética y espiritual de la unidad entre todos los cristianos» (FT 280, p.74).

Democracia, nacionalismos, populismo y liberalismo Para la lectura de la realidad social el Papa Francisco destaca la legitimidad de la noción de pueblo que es mucho más que la suma de individuos «que no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales» (FT 105, p. 28). Señala Francisco que «ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático…: es un proceso lento, difícil… hacia un proyecto común» (FT 158, p.42). Considera Francisco que cuando se ignora y desfigura la palabra pueblo no se está hablando de un verdadero pueblo y puede llevarnos a la eliminación misma de la democracia como gobierno del pueblo (FT 157, p.41 y 160, p.42).

Francisco rechaza la instrumentalización del pueblo y cuestiona la interpretación del sentir popular, de su dinámica cultural, de las grandes tendencias sociales puestas al servicio de proyectos personales o de perpetuación del poder. No debemos confundir la defensa de los más débiles con el populismo insano. Rechaza el inmediatismo y la popularidad alcanzada exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de la población agravada «cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad» (FT 159, p.42).

Critica Francisco los nacionalismos cerrados, y violentos, así como las actitudes xenófobas, desprecios y maltratos incompatibles con nuestra fe (FT 86, p.23). Considera que son expresión de incapacidad de gratuidad, de creer que pueden desarrollarse al margen de la ruina de los demás y que cerrándose al resto estarán más protegidos (FT 141, p.37). El Papa nos invita a «estimular una sana relación entre el amor a la patria y la inserción cordial en la humanidad entera».

Cada persona sabe que pertenece «a una familia más grande sin la cual no puede comprenderse a plenitud (FT 149, p.40). Cuestiona el populismo y el liberalismo al servicio de intereses económicos poderosos que desprecia a los débiles (FT 155, p.41). Para Francisco la expresión populismo o populista ha perdido el valor de otrora y promueve la división bipolar de la sociedad (FT 149, p. 40). Se llama populista a quien piensa distinto a quien lo califica. Frente al populismo, el Papa resalta el trabajo como verdaderamente popular como camino hacia una existencia digna que promueve el bien del pueblo (FT 162, p.42). También critica el Papa Francisco el capitalismo. Dice, «el mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente» (FT 141, p.37). Sostiene que el fin de la historia no fue tal, y las recetas dogmáticas de la teoría económica imperante mostraron no ser infalibles. La fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado. (FT 168, p.44).

Insistirá en que «hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral» (FT 21, p.6). Derechos Humanos y derechos de los pueblos Para el Papa Francisco es necesario asegurar el respeto de los derechos humanos personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos (FT 122, p.32). Son condición previa para el desarrollo social y económico de un país y de la personalidad humana. Sin embargo, considera que no son suficientemente universales, ni iguales para todos (FT 22, p.6).

Advierte que «estamos lejos de una globalización de los derechos humanos más básicos». Acabar con la trata de personas y el hambre debe ser uno de los objetivos fundamentales de la política mundial. «El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable». El acceso a la salud y la vivienda constituyen mínimos impostergables (FT 188, p.50). Para el Papa Francisco el derecho a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del medio ambiente (FT 122, p.32).

Nos dice Francisco que «hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra» (FT 38, p.11). pero, también el derecho a emigrar cuando no sea efectivo el derecho a vivir en nuestro país. Rechaza los regímenes de distinto signo que evitan la llegada de inmigrantes, a la par que limitan la ayuda a los países pobres (FT 37, p.10). Propone una legislación (governance) global para las migraciones. Considera que es necesario «establecer planes a medio y largo plazo que no se queden en la simple respuesta a una emergencia…» (FT 132, p.35).

Caminemos con esperanza Francisco nos invita a la esperanza, que «nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive» (FT 55, p. 15). Nos dice que en un mundo tan conectado por la globalización «necesitamos que un ordenamiento mundial jurídico, político y económico que «incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos» (FT 138, p. 137).

Las serias fallas estructurales de la sociedad mundial ameritan «replanteos de fondo y transformaciones importantes» Es necesario «una economía integrada en un proyecto político, social, cultural y popular. Se debe estimular la gratuidad fraterna (FT 137 y 140, p.37), pensar como familia humana especialmente en las épocas critica (FT 141, p.37). Desarrollar una comunidad mundial fraterna de pueblos y naciones puesta al servicio del verdadero bien común, requiere de la mejor política. Es necesario «rehabilitar la política, haciendo de la dignidad humana el centro y pilar sobre el cual se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos» (FT 168, p.44).

Una sana política con la participación de los más diversos sectores y saberes que busque el bien común puede «abrir camino a oportunidades diferentes, estimular la creatividad humana y el progreso con cauces nuevos» (FT 179, p. 47). La mejor política no está subordinada a la economía, como ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia (FT 154, p.41 y FT 177, p.47). La buena política permitiría reequilibrar y reorientar la globalización y evitar sus efectos disgregantes (FT 182, p.48). Considera que en el debate público debe haber lugar para «la reflexión que procede de un trasfondo religioso que recoge siglos de experiencia y de sabiduría» (FT 275, p. 73). Para el Papa Francisco, el modelo de globalización es policromático, «lo universal no debe ser el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante, que finalmente perderá los colores del poliedro y terminará en el hastío» (FT 144, p. 38). Debe conservar las diferencias y tradiciones, la riqueza y la particularidad de cada persona y de cada pueblo.

Rechaza un universalismo autoritario y abstracto, digitado o planificado dirigido a homogeneizar, dominar y expoliar (FT 100, p.27). Nos dice que «abrirse al mundo no puede significar la homogeneización de la cultura», la imposición de un modelo cultural único al servicio de los más poderosos. Se unifica al mundo, pero divide a las personas y a las naciones, «la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos» (FT 12, p.4). Para el Papa Francisco «una a adecuada y auténtica apertura al mundo supone la capacidad de abrirse al vecino, en una familia de naciones. La integración cultural, económica y política con los pueblos cercanos debería estar acompañada por un proceso educativo que promueva el valor del amor al vecino, primer ejercicio indispensable para lograr una sana integración» (FT 151, p.40).

Señala Francisco que Occidente y Oriente deben y pueden enriquecerse mutuamente a través del intercambio y el diálogo de las culturas. Considera importante prestar atención a las diferencias y consolidar los derechos humanos evitando el uso de políticas de doble medida (FT 136, p.36). Llama el Papa Francisco a conciliar lo universal «que nos rescata de la mezquindad casera» con lo local que nos permite caminar con los pies sobre la tierra», ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos de subsidiaridad. Por lo tanto, la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos inseparables y coesenciales.

Separarlos lleva a una deformación y a una polarización dañina» (FT142, p.37). No es posible ser sanamente local sin una sincera y amable apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de los demás pueblos (FT 146, p.39). Autoridades mundiales Para el Papa Francisco una mística de la fraternidad no es suficiente. Es necesario simultáneamente una organización mundial más eficiente dotada de autoridad para asegurar el bien común mundial, la erradicación del hambre y la miseria, y la defensa cierta de los derechos humanos elementales (FT 165, p.43).

Reafirma el debilitamiento de los estados nacionales por la preminencia sobre la política de lo económico financiero, lo cual hace indispensables «instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar» (FT 172, p,46). También destaca el papel de las organizaciones de la sociedad civil como expresión concreta del principio de subsidiariedad que suple las debilidades de la comunidad internacional (FT 175, p.46). Para Francisco deben mantenerse los acuerdos suscritos —pacta sunt servanda— para evitar «la tentación de apelar al derecho de la fuerza más que a la fuerza del derecho». Se inclina por los acuerdos multilaterales por garantizar mejor que los bilaterales «el cuidado de un bien común realmente universal y la protección de los estados más débiles» (FT 174, p. 46). Nos recuerda oportunidades perdidas al afirmar que «la crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo» (FT 177, p. 45).

Naciones Unidas Para el Papa Francisco, la Carta de las Naciones Unidas es una verdadera norma jurídica fundamenta. Constata que «la plena aplicación de las normas internacionales es realmente eficaz, y que su incumplimiento es nocivo».

 La Carta de las Naciones Unidas, respetada y aplicada con transparencia y sinceridad, es un punto de referencia obligatorio de justicia y un cauce de paz (FT 257, p.68). Considera que es necesario repensar y reformar la ONU, así como «la arquitectura económica y financiera mundial para concretar el concepto de familia de naciones», lo cual supone evitar una «autoridad cooptada por unos pocos países, y que a su vez impidan imposiciones culturales o el menoscabo de las libertades básicas de las naciones más débiles a causa de diferencias ideológicas» y agrega que «hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje…» (FT, 173, p. 46).

Termina el Papa Francisco su reflexión sobre la fraternidad universal diciéndonos que san Francisco de Asís lo motivo especialmente, pero también hermanos no católicos como Martin Luther King, Desmond Tutu, el Mahatma Mohandas Gandhi, entre otros, y finaliza recordando al beato Carlos de Foucauld que quería ser, «el hermano universal», pero sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos, pidiendo a Dios que inspire ese sueño en cada uno de nosotros (FT 286, p.77).

Rafael Díaz Blanco

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