Pemones solo tienen plantas y brebajes para curarse del Arautaimu (Covid-19)
Pemones solo tienen plantas y brebajes para curarse del Arautaimu (Covid-19)
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Felicia Pérez está harta de ver cómo las gandolas con medicamentos la dejan atrás a ella y a la comunidad pemón de San Francisco de Yuruaní en la Gran Sabana, estado Bolívar.

No pasa un día en que no agradezca a sus ancestros el conocimiento que le transmitieron para convertir las plantas medicinales en brebajes, que ahora utiliza para enfrentar la COVID-19. Cuenta que no les queda más remedio porque el acceso a la medicina es nulo, y que cuando se enferman prefieren quedarse en sus churuatas porque en los centros de salud no tienen nada para ofrecerles.

La profesora Gisela Fierro, también de la comunidad pemón y profesora de la escuela de Fe y Alegría Manak Krü, en Santa Elena de Uairén (Bolívar), asegura que allí se echa mano del oficio de curar esta enfermedad con el Atukuran, un arbusto que crece a los pies del cerro y tiene un olor fuerte. Luego de ser recolectado es machacado sobre una piedra y después se mezcla con agua hervida; lo toman como té.

Para realizar este proceso se ayudan de la luz del sol pues en estas poblaciones remotas los cortes eléctricos se dan por más de 24 horas. Vecinos de la zona han denunciado que la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec), encargada del sector eléctrico de Venezuela, no ha informado qué sucede con el servicio, sin embargo algunos pobladores afirman que los cortes eléctricos se deben a la falta de mantenimiento.

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Hay fuentes internas de Corpoelec las cuales han indicado que son más de 15 años sin realizar mantenimiento en la línea de 400 KV.

Además, gran parte de la población del casco central de Santa Elena de Uairén a veces se queda incomunicada por varios días porque no tienen cobertura telefónica y el acceso a Internet es casi un lujo que pocos pueden darse.

Comunidades indígenas

En el estado Bolívar, las mujeres indígenas son más de 27 mil, siendo su etnicidad predominante la pemón con aproximadamente 15 mil.

La Constitución de 1999 reconoce el carácter pluriétnico, pluricultural y multilingüe del país, en la misma Carta Magna hay capítulo entero dedicado a los derechos de los pueblos indígenas. Pero, aunque en teoría existe un reconocimiento jurídico, la realidad, es que todavía los pueblos originarios de Venezuela se encuentran sumidos en la pobreza y la discriminación.

Armando Obdola, presidente de la Asociación Civil Kape Kapé, orientada a la identificación y abordaje de las necesidades más urgentes de las comunidades indígenas, explica que cerca del 70% de la comunidad carece de insumos médicos y material de bioseguridad, lo que supone casi una hazaña que las mujeres pemón puedan tener acceso a asistencia médica para tratar la COVID-19, o cualquier otra enfermedad.

“El Estado venezolano ha puesto en marcha dos programas para dotar de medicinas a las comunidades indígenas, pero no abarca el total de ellas y cuando se han acercado a las comunidades aborígenes solo han podido dar respuesta a una minoría de habitantes”, señaló Obdola.

Por otro lado, indicó que el aislamiento por la pandemia, sumado a la situación de conflictividad entre el Ejército venezolano y grupos irregulares armados en Bolívar, dificulta que organizaciones sociales de derechos humanos puedan entrar a las comunidades indígenas y así entregar medicinas e insumos médicos.

Los indígenas pemones contaron a Radio Fe y Alegría Noticias que hace muchos años existió una gripe muy fuerte, letal, parecida a la COVID-19. La llamaron Arautaimu (gripe fuerte en su lengua nativa).

La profesora Gisela Fierro conoció el caso de cuatro mujeres pemón que enfermaron de Arautaimu, o como le conoce el mundo científico: COVID-19.

“Los primeros tres días se sometieron a un tratamiento con plantas medicinales pero al cuarto día empeoraron su situación, se les hacía muy difícil respirar y cuando se sintieron muy mal acudieron al centro hospitalario ubicado en Santa Elena de Uairén donde le pudieron colocar el tratamiento de COVID-19, aunque no había oxígeno para ese momento, por lo que familiares recurrieron a campañas de ayuda para que sus allegados pudieran colaborar con oxígeno. Había que comprar las bombonas de oxígeno a las cuatro mujeres”, dijo.

Relató que una vez que fueron atendidas en el hospital mejoró el estado de salud de tres mujeres, pero una falleció. “Tenía una enfermedad de base, era hipertensa, no pudo superar el virus”.

Hospitales vacíos

Por su parte, el gobernador del estado Bolívar, Justo Noguera Pietri, ha insistido en varios videos publicados en su cuenta de Instagram que las personas cuando presenten síntomas asociados a la COVID-19, acudan a los centros de salud porque, según él, están suficientemente dotados para atender a los pacientes contagiados de la enfermedad.

“Estamos recibiendo a la gente tarde (…) cuando tengan síntomas salgan y vayan a los hospitales. Estamos organizados, tenemos el método, tenemos los médicos, las medicinas, las enfermeras, los bioanalistas, y tenemos ese amor para atender a nuestro pueblo”, expresó.

Hizo énfasis en que poseen “cantidades suficientes de Remdesivir” (un fármaco que frena la replicación del COVID-19 en el organismo humano) y que cuando “sea criterio médico se aplicará”.

Pero la experiencia de Felicia Pérez en los hospitales es diferente. “Allí no hay nada para atendernos. Los medicamentos no se consiguen y muy pocos son los que van a los centros de salud”.

Insistió en que prefieren recurrir a la medicina ancestral porque muchas veces no tienen con qué pagar el tratamiento que se consigue en la calle para curarse del Arautaimu.

Y los exámenes por las nubes

Radio Fe y Alegría Noticias pudo conocer que en el estado Bolívar un examen diagnóstico de COVID-19 tiene un costo de 50 dólares, una imagen rayos X de tórax se cotiza en 15 dólares, y sumando el tratamiento y las vitaminas da como resultado unos 200 dólares, eso para un paciente enfermo de COVID-19 que no presente complicaciones.

El salario mínimo en Venezuela es de siete millones de bolívares, es decir, equivalente a 2,3 dólares según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela este 14 de mayo de 2021.

Helen Sosa, médico general, coordinadora médica de la comunidad wonken, en la Gran Sabana, reveló que aunque sí atienden a las mujeres indígenas, no hay insumos suficientes que sean exclusivamente destinados a esta población. Además narró cómo en una ocasión falleció una paciente por falta de atención médica, a pesar de que la mujer acudió en varias oportunidades al centro de salud.

Contó que la mayoría de las jornadas de salud que se realizan en las comunidades aborígenes se llevan a cabo por autogestión. Los coordinadores médicos trabajan en conjunto con los capitanes de las comunidades, recolectan dinero, compran medicamentos y organizan los operativos de salud sin recibir ninguna dotación del Estado.

Los pemones no van al médico

Según marca la tradición, es muy difícil que las mujeres pemones asistan a los centros de salud. “Son muy pocas, la gran mayoría no van. Hay creencias aquí como pueblo pemón. La mayoría de las veces nos tratamos espiritualmente con algún curador. En las comunidades hay abuelitos que manejan algún tipo de oraciones y la gran mayoría tienen esa creencia aún. Pocos se dirigen hacia los centros hospitalarios como tal. Más que todo emplean la medicina natural”.

Sosa recordó que hasta la fecha han registrado la muerte de cinco pacientes por la COVID-19: una mujer de 69 años, una de 71 años, una de 80 años, una de 28 años, y la última de 34 años, aproximadamente.

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En esa misma línea opina Argélida Fernandez, médico general en la comunidad San Antonio, también del municipio Gran Sabana, quien afirmó que son muy pocas las medicinas disponibles en los centros de salud y que en la mayoría de los casos los pacientes deben adquirirlas en Brasil.

En lo más profundo de Felicia y Gisela reposa una voz rebelde que cuando sale de sus cuerpos en forma de grito es capaz de estremecer las venas de la Pachamama, exigiendo el respeto que su pueblo merece.

Ellas están abiertas a las posibilidades que ofrece el nuevo mundo, no reniegan de sus tradiciones, todo lo contrario, pero sí les gustaría tener más alternativas que las mágicas si algún día llegan a enfermar de Arautaimu.

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