Proteger a los migrantes y honrar la humanidad de los que fallecen en el desierto es una especie de religión en el sur de Arizona

Álvaro Enciso instala tres o cuatro cruces todas las semanas en el desierto de Arizona, cerca de la frontera con México, entre tunas amarillas y ocotillos, en homenaje a migrantes que fallecieron tratando de llegar a Estados Unidos.

Cada colorido crucifijo de madera indica el sitio donde encontraron huesos o cadáveres en estado de descomposición. En ocho años, el artista ha marcado más de 1.000 sitios en tierras públicas llenas de jarras de plástico para llevar agua y de mochilas sobre las cuales sobrevuelan buitres.

“Todo te puede matar aquí”, dijo Enciso. “Una ampolla, una víbora, la falta de agua”.

Proteger a los migrantes y honrar la humanidad de los que fallecen en el desierto es una especie de religión en el sur de Arizona, donde hace cuatro décadas líderes espirituales fundaron el Movimiento Santuario, una campaña para dar refugio a los centroamericanos que le escapaban a la guerra civil. Cantidades de voluntarios mantienen vivo ese legado.

Hay numerosas organizaciones religiosas que ayudan a los migrantes, desde los Samaritanos de Tucson, que salvan vidas dejando agua, comida y otras provisiones en sectores remotos, hasta los Servicios Comunitarios Católicos del Sur de Arizona, que tienen un albergue, y los metodistas, que ofrecen asistencia legal y alojamiento a familias que piden asilo, por nombrar a algunos.

El proyecto artístico de Enciso, “Where Dreams Die” (Donde mueren los sueños) encaja a la perfección en esa tradición espiritual, aunque él piensa que no hay nada religioso en el gesto de homenajear a los muertos.

Recientemente Enciso colocó una cruz dorada en el lugar donde fueron encontrados los restos óseos de un hombre el 24 de septiembre del 2020. No se pudo determinar la causa ni el año de la muerte del individuo, ocurrida a poco más de un kilómetro y medio (una milla) al norte de la Autopista 86.

“¿Se imagina por lo que pasan las familias, sin saber qué les sucedió?” a estas personas, preguntó Enciso.

El voluntario Michele Maggiora besó un puño con salvia fresca y miró hacia el este, el sur, el oeste y el norte. Luego apuntó con el puño hacia abajo, a la Madre Tierra, y hacia arriba, al Padre Cielo, y rezó.

“Siento que hay que reconocer que algo pasó aquí”, dijo Maggiora.

Este tipo de activismo se remonta a los inicios del Movimiento Santuario en 1981, el cual abarcó a decenas de iglesias y sinagogas de Tucson y a más de 500 congregaciones religiosas —protestantes, católicas y judías—, que actuaron inspiradas en la antigua tradición de proteger a las personas en los templos religiosos.

John Fife III, quien tiene 81 años y está jubilado, fue el pastor de la iglesia Southside Presbyterian Church de Tucson cuando su amigo quaker Jim Corbett le dijo que los centroamericanos llegaban a Estados Unidos escapándole a la violencia de sus países.

Ambos recordaron el Evangelio de Mateo 25:35: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era un forastero, y me recogiste”.

Al poco tiempo, Fife y Corbett, quien falleció en el 2001, estaban ayudando a los centroamericanos a entrar al país y dándoles albergue, a pesar de las protestas de sus esposas. La iglesia recibió a unos 13.000 solicitantes de asilo en la década de 1980 y determinadas noches hubo hasta 100 migrantes durmiendo en el suelo.

“Sentí que, si no ayudaba, hubiera tenido que renunciar a mi condición de pastor”, dijo Fife hace poco en un salón de adoración de la iglesia de Southside, inspirado en una estructura ceremonial indígena conocida como una “kiva”.

En 1986 Fife fue hallado culpable de violar las leyes de inmigración y pasó cinco años en libertad condicional. Pero ni eso lo detuvo.

En el año 2000 ayudó a crear Humane Borders (Fronteras Humanas), que suministra agua a los migrantes en barriles de 208 litros (55 galones), con banderas azules visibles desde lejos.

Dos años después fue uno de los fundadores de Samaritanos de Tucson, un ministerio de Southside, que junto con organizaciones de Ajo y Green Valley-Sahuarita despacha voluntarios a zonas aisladas para dejar agua y comida. Fife colaboró asimismo en la creación en el 2004 de No More Deaths (Basta de muertes), que opera campamentos de ayuda en sitios remotos, a veces por semanas.

“No podemos dejar de hacer lo que hacemos. Hay muchas vidas en juego”, dijo Fife.

Muchos de los voluntarios son personas en edad de jubilarse, como Gail Kocourek.

Todas las semanas esta voluntaria de los Samaritanos de Tucson lleva ropa y comida donada a la Casa de la Esperanza, un centro de ayuda al migrante de Sasabe, Arizona, en el que unos 50 migrantes pueden recibir comida, ropa y ducharse todos los días. Generalmente duermen en hoteles o en casas de personas dispuestas a recibirlos.

“No creo que nadie merezca morir por tratar de darle una vida mejor a su familia”, afirmó Kocourek. Otra voluntaria de la zona es Dora Rodríguez, una de 13 salvadoreños que sobrevivieron en 1980, cuando otros 13 compatriotas parecieron bajo un sol abrasador en el desierto. Por entonces tenía 19 años. Se quedó en Tucson y se hizo ciudadana estadounidense.

“Ahora, 41 años después, la gente sigue muriendo en el desierto”, dijo Rodríguez, quien creó una organización sin fines de lucro llamada Salvavision para asistir a migrantes en Arizona y disuadir a los centroamericanos de que intenten este peligroso cruce del desierto. “La única diferencia ahora es que ya no hay una guerra civil. Pero sí están las consecuencias de la guerra: Pandillas, delincuencia, corrupción”.

La pobreza es otra razón para irse, según Vicente López, un guatemalteco de 19 años que pasaba por la ciudad. “Somos muy pobres”.

Las agrupaciones que buscan restringir la inmigración, como el Centro para Estudios de la Inmigración de Washington, dicen que los muros fronterizos y otras barreras ayudan a evitar muertes al impedir que los migrantes entren a Estados Unidos.

“No dudo de las buenas intenciones de estos grupos. No queremos que la gente muera en el desierto”, expresó Andrew Arthur, exjuez de inmigración. “Pero no queremos que la gente venga porque piensa que va a encontrar agua” al cruzar el desierto.

En un reciente comunicado con motivo del 20mo aniversario de la muerte de 14 personas al sudeste de Yuma, la Patrulla Fronteriza sostuvo que “los traficantes y los coyotes ponen en peligro las vidas de los migrantes que les pagan miles de dólares para que los ayuden a entrar a Estados Unidos”.

Humane Borders, que colabora con el jefe de los médicos forenses del condado de Pima, doctor Greg Hess, documentó 227 muertes en el 2020, la cifra más alta en una década, tras uno de los veranos más calurosos y secos en la historia del estado. La oficina de Hess recibió los restos de 79 personas que habrían fallecido cruzando la frontera en lo que va del año y los activistas temen que el 2021 resulte un año particularmente duro, en el que grandes cantidades de personas intentan el cruce.

El Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza dice que las detenciones de migrantes han aumentado. Tan solo en abril hubo 20.246 “encuentros” en la zona de Tucson, lo que representa un incremento del 674% respecto al mismo mes del año pasado. A lo largo de toda la frontera se registraron 178.622 encuentros.

“No quiero pensar lo que va a ser este verano”, declaró Douglas Ruopp, presidente de Humane Borders. “No importa lo que hagamos, la gente sigue muriendo”.

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El peligro no desalienta a gente como Josue Hernández Ruiz, un guía turístico de Huatulco, México, que fue despedido por la pandemia del coronavirus y decidió enfilar hacia el norte para mantener a su esposa y dos hijos. Luego de pasar alguna noche en un albergue de Sasabe, él y un amigo planeaban internarse en el desierto sin un guía.

“Voy a usar mi teléfono”, afirmó Hernández Ruiz. “Tiene GPS”.

Activistas de Tucson se reúnen periódicamente para rezar por los migrantes que no sobrevivieron al cruce.

La banda local de cumbia Vox Urbana ha grabado numerosos temas sobre migrantes, incluido uno sobre una transgénero llamada Karolina que buscaba asilo.

“Somos una comunidad de migrantes”, dijo el guitarrista y cantante Kike Castellanos. “Es importante contar la historia de nuestra comunidad”.

AP

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