Médicos venezolanos

Estudiaron Medicina en Venezuela y salieron huyendo de la crisis de su país natal. Ahora ejercen como médicos en Europa y lo dan todo en la lucha contra la pandemia de coronavirus, que arrecia en Europa.

Pablo Cárdenas se especializa en traumatología y ortopedia en el Hospital Clínico Gustav Carus de la Universidad Técnica de Dresde. Desde noviembre de 2020, apoya a sus colegas de medicina interna con los pacientes de COVID-19. Además de manejarse en una especialidad que no es la suya, este médico venezolano también debe recurrir a la psicología. Una de las constantes de sus pacientes es «la culpa por haberse contagiado», pero la más recurrente es el miedo. «Me impresionó mucho el caso de una señora mayor. Ella quería hablar con sus familiares, pero no sabía cómo manejar la tablet y, junto con los enfermeros, le enseñamos a hacerlo. Es una enfermedad que te aísla. Los pacientes se asustan, sobre todo cuando llega la dificultad respiratoria. Y esa señora tenía miedo de morir sola. Uno tiene que tratar de calmar eso», relata a DW Pablo Cárdenas desde Dresde.

¿Y a él no le asusta el contagio? «Claro que uno tiene respeto y temor, no solo por uno mismo, sino por la familia que está en casa», dice, pero asegura que no dudó en postularse cuando su hospital hizo un llamado por los distintos departamentos para apoyar a los colegas de medicina interna, sobrecargados por las guardias y las bajas por enfermedad. «Nosotros somos médicos, independientemente de la especialidad y uno estudia medicina para ayudar a la gente. Es algo que nos afecta a todos, en América Latina la situación es crítica y es una manera de aportar mi granito de arena», explica.

Pablo Cárdenas no sabía alemán cuando llegó a Dresde en 2015, huyendo de la crisis de Venezuela, que en aquel momento arreciaba. Aprendió el idioma mientras duró el proceso de homologación de su título de Medicina, lo que le abrió las puertas de su futuro en Alemania. En su país natal, la pandemia del nuevo coronavirus ha venido a empeorar la situación: «El COVID llega a una Venezuela muy golpeada en lo político y en lo económico, con un sistema de salud que está por el piso, no apto para atender pacientes en un período de normalidad y ahora, en pandemia, muchísimo menos. La situación es muy precaria», lamenta.

Cuando Grem Centeno piensa en Venezuela, la palabra que le viene a la mente es «dolor». «Si aquí, con los recursos que tenemos, a veces no podemos hacer nada por los pacientes, allá mucho menos, con las carencias que hay», dice Centeno a DW. «Y solo conocemos un 10 por ciento de lo que está pasando, porque hay un bloqueo brutal de información», asegura.  Él salió de La Guaira hace seis años, acuciado por la crisis. «Llegué a España con dos maletas y me tocó trabajar en lo que pude, como muchos otros compañeros venezolanos». Grem Centeno se especializó en el terreno de las emergencias extrahospitalarias y trabaja como médico de ambulancias del servicio de ayuda médica urgente de Valencia.

La pandemia lo tomó totalmente desprevenido en la primera línea de batalla. «En marzo nos llamaron del servicio de atención primaria, porque un señor mayor tenía problemas respiratorios. Tardamos 10 minutos en llegar y el hombre ya estaba en parada cardíaca. Si en ese momento hubiésemos tenido la información que tuvimos un mes después, nos hubiésemos protegido», relata Centeno, que realizó un procedimiento de intubación de emergencia durante el cual se contagió. El virus fue indulgente con él y a los 15 días ya estaba de nuevo al pie del cañón.

En este tiempo, su forma de abordar el trabajo ha cambiado sustancialmente. «Nuestra intervención ahora es más agresiva cuando vemos a un paciente con fatiga y saturación de oxígeno justa, porque, con este virus, sabemos que eso es un espejismo y que, en cuestión de dos horas, puede requerir cuidados intensivos», explica. Además, sus colegas y él han aprendido a enfundarse el EPI (equipo de protección individual) o «traje de astronauta», en poco más de un minuto. «Al principio tardábamos entre 7 y 8, pero el tiempo en nuestro trabajo puede ser cuestión de vida o muerte y ahora cualquiera puede ser COVID hasta que se demuestre lo contrario», dice.

Grem Centeno siente el peso de estar en primera línea del frente. «Se va agotando la capacidad de asimilar tantas cosas que suceden», reconoce, y tiene gran esperanza en que la vacuna ponga fin al sufrimiento del que es testigo. «Ha habido momentos muy emotivos. Fuimos a buscar a su casa a un señor que estaba con su mujer y su hijo. Fue muy dura la despedida entre ellos, como si no fueran a verse nunca más, y yo tampoco podía asegurarles que fueran a reencontrarse», relata.

José Alejandro Nazar Pinto salió de Venezuela en autobús en 2017. Primero estuvo en Colombia y después se dirigió a Ecuador, donde la situación se le complicó»por la xenofobia hacia los venezolanos». Finalmente aterrizó en Madrid en noviembre de 2019, con su título de médico homologado, pero sin permiso de residencia. No quiere hablar de Venezuela, porque asegura que le «toca la fibra». «Es un Estado fallido. Padezco del clima de zozobra que reina en mi país, tengo conocidos fallecidos por COVID-19 y por otras patologías que allí no se pueden tratar», dice tan solo.

«Llegué a España con menos de 3.000 euros, muchos sueños y ganas de salir de la miseria de Latinoamérica. Mientras esperaba el asilo, compré una moto y empecé a trabajar de repartidor». Finalmente, su hoja de vida llegó a Extremadura y ahora trabaja en Navalmoral de la Mata, un pueblo de esta región española, convertida en uno de los focos del coronavirus del país. Allí trabaja desde junio de 2020 como médico de atención primaria.

¿Tiene miedo al contagio? «Tenía más miedo a morir en Venezuela por la violencia. Además, allí hemos pasado por pandemias más peligrosas a las que el mundo no ha prestado atención», dice rotundo. De sus pacientes destaca la «incoherencia».

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«Se sienten culpables si se contagian, pero no dejan de visitar familiares por Navidad. Y yo llevo años sin ver a los míos», lamenta emocionado. Con humor tragicómico, el doctor Nazar Pinto recuerda el caso de un señor mayor con síntomas de COVID-19, al que acudió a ver a la residencia. A pesar de que estaba prohibido, el sobrino lo había visitado tras sobornar al personal del centro y contagió a su tío. «Cuando el anciano vio que yo le iba a hacer el test de coronavirus, me soltó: ‘oh no, otra vez el palito de mierda». Aquel señor finalmente murió por la irresponsabilidad de su familiar.

DW

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